Suena el despertador. Otro día comienza, dos casas y dos lugares completamente extraños pero con dos personas que se complementarían a la perfección.
Maldito, como todas las mañanas interrumpes mi sueño en el mejor momento, el más dulce, el más especial y por supuesto, el más irreal. Al poner un pie en el suelo piso una percha, siempre esa habitación tan desorganizada con ropa por los suelos o colgando de los cuadros. Aunque también puedes encontrarte un papel de chocolatina en el suelo, a tan sólo veinte centímetros de la papelera, no soy vaga, sólo que me gusta el desorden. A decir verdad, ese cuento solo me lo creo yo.
Al abrir las cortinas entra la misma luz cegadora de todas las mañanas. Me gusta el sol, pero viviendo en un primero en pleno centro, apenas se disfruta porque siempre hay edificios interponiéndose entre los rayos y tú.
Perfecto, ya puedo salir de mi habitación, de mi cueva como llaman mis padres, porque siempre que hay algún problema en mi mundo me refugio allí y me hace sentir mucho más segura, no es una habitación especial ni muy sofisticada, tan sólo es mía. Cada pequeño detalle diseñado al milímetro para mi disfrute, sí, definitivamente ese es mi lugar, donde los problemas dejan de existir, el marco de la puerta evita que esos problemas me atormenten por las noches.
Perfecto, empieza otro día, hoy voy a levantarme y voy a ser positivo. Por mucho que intente engañarme todas las mañanas con la misma retahíla, nunca es así. Pero primero piensas, y luego actúas. Me levanto a apagar el despertador y en un descuido tiro la cartera, saliendo disparadas varias tarjetas de bares con números de chicas apuntados en el reverso y algún ticket del supermercado, cosas insignificantes, al fin y al cabo, es la compra para un piso de estudiantes y no somos muy exquisitos con la comida, siempre intentamos buscar las ofertas y lo más económico como nos enseñaron casi todas nuestras madres de niños.
Miro el día tan espléndido que hace hoy, menos mal que a mis compañeros no le gustan las habitaciones con mucha luz, así me he podido quedar con la habitación con terraza del piso, es un sexto por lo que entra mucha luz, a veces demasiada, pero prefiero eso a tener varias luces encendidas. Me asomé a la terraza para respirar un poco de aire fresco y me dirigí a la cocina, con la fortaleza suficiente para soportar los gritos mañaneros de mis compañeros.
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