martes, 1 de marzo de 2011

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Definitivamente se nota una diferencia al salir de mi habitación, el suelo, la temperatura, la luz y la tranquilidad. Es imposible despertarse de buen humor escuchando a tu hermano gritar pidiendo libertad. ¿Acaso sabe qué es eso? Tan solo tiene 14 años. El no pide libertad, pide despreocupación para poder perderse a la mala vida. Pero mis padres, cumpliendo con su papel, deben negárselo y yo, teniendo en cuenta que es una etapa que todos hemos vivido, solo puedo aguantar y sentarme a desayunar haciendo caso omiso de sus preguntas tan sumamente inoportunas. Así, un día más me metí en la ducha con ganas de salir de casa, y de la rutina que llevaba todos los días, quería conocer algo nuevo o a alguien que me explicase detalles insignificantes que puedan tornar por completo mi visión de las cosas. Me deje llevar por ese pensamiento, y en mis propias ensoñaciones llegué al instituto sin ser consciente ni del conjunto de camisetas que llevaba, definitivamente, era un desastre.

Era el primero en levantarme, ellos siempre dormían hasta demasiado tarde y siempre dejaban la cocina demasiado desordenada, ni siquiera podías hacerte un café. Sí, esa es mi rutina mañanera, terraza, cocina y fregar platos. No era una situación agradable, pero no podía evitarla mientras viviese con ellos. Por lo menos esta noche habían dejado una nota en la nevera que ponía: "Lo sentimos tío, es que anoche era muy tarde". Me tomaban por el pito del sereno, hablaría con ellos cuando tuviese el valor necesario.
Como estaba acostumbrado a la misma rutina, siempre me sobraba tiempo, así que cogí mi abrigo y bajé a la calle para dar un largo paseo hasta la universidad, iba escuchando música y observando a la gente, sus vidas, a dónde irían, qué relación tendrían con la persona que les acompañaba y cualquier cosa que se me pasase por la cabeza, quería evitar mis propios pensamientos, pero eso no era suficiente, así que aceleré el paso para llegar a la universidad e imaginarme las vidas de gente que más o menos conocía.


Luna anda ágil, al ritmo de la música y sus pensamientos, su ondulada melena le sigue el ritmo. Castaña, ojos claros, alta, esbelta y un sinfín de cualidades que no la consiguen hacer destacar sobre el resto.

Oliver anda con la mirada perdida, tiene tiempo de sobra para llegar a la universidad. Es el chico que todas querrían, alto, musculoso, con ojos penetrantes a la par que dulce. Pero él estaba cansado del constante seguimiento que debía soportar.

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